Abrábamos un blog

Del descampao a la gloria. De la gloria a Internet.

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Falacias y gordas.

Published by SieG under , , , , , on 2:43
Hoy me ha despertado el sol. He saltado de la cama a un baño de espuma de vainilla.
Me he recogido la melena mientras acababa el espresso de un trago. Y después de cerrar la puerta de casa me he acordado del libro, así que he vuelto.
Arranco mi escarabajo rojo, regalo del pijo de papá, y salgo del garaje marcha atrás, suena Vivaldi y yo le sonrío al nuevo día.
Llego al trabajo, mi importante trabajo, el trabajo que me realiza y me deslizo en mi bata blanca dispuesta a desentrañar los misterios de la Ciencia.
El tiempo vuela cuando miras, a través de una lente de aumento, la eternidad que formó ese trocito maravilloso de carbono.
Así llega la hora de la comida y el té verde chino.
Y mi prometido. El libro es para él. Nos casamos en Marzo, fresco pero no frío.
¿Qué duda cabe de que seremos felices para siempre? ¿De que nuestros hijos serán pelirrojos al nacer y les saldrán pecas? ¿De que seré una anciana digna y elegante?








Alguna que otra cabe.

Gracias

Published by SieG under , , on 5:02
"Lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude." Orson Welles.

Ahora mismo, en un universo paralelo, sé que el equivalente a los habitantes de un pueblo perdido en las recónditas montañas del Himalaya, está respirando por mi culpa.

Yo me senté ante este mismo teclado o ante otro distinto, a veces ante un folio en blanco o un cuaderno y un bolígrafo, en contadas ocasiones ante una máquina de escribir, y los creé. Respiré hondo y escribí y escribí hasta insuflar vida en sus pechos ficticios.

Y nunca me dieron las gracias.

En cierto modo debería estar acostumbrada, son notables los casos de personas que deberían haberme dado las gracias por mis regalos, los más importantes, y no lo hicieron. Pero cómo prometí: este NO va a ser el agujero infecto dónde escupa todas mis miserias; no sólo es demasiado pequeño sino que además no es completamente mío.

Cómo iba diciendo, no pierdo la esperanza de encontrar un día un archivo de texto, una carta o una inscripción en piedra (no voy a ponerme exigente a estas alturas del partido) en la que todos aquellos seres, que conocieron lo más cercano a una existencia que nunca tendrán por mi culpa, alcen sus voces y digan: Gracias, SieG.

Bueno, no me gustaría que fuera tan escueto. Preferiría algo un poco más largo del tipo:
"Somos nosotros. Tú nos creaste. Éramos partículas de inspiración flotando en la nada, hasta que tu mente nos absorbió. Algunos éramos sueños que nunca había tenido nadie. Otros estábamos aferrados a aquella imagen, aquel cuadro, aquel momento congelado en el tiempo de una u otra forma. Venimos desde tan lejos. No tienes idea. Somos tantos, y tan pocos los que llegamos a materializarnos. Hemos visto morir y languidecer a la mayor parte de nuestra especie. Pero así debe ser. Debemos existir muchos para asegurarnos de que algunos, aunque sean los menos, lo consigan. Gracias, SieG."


Eso estaría mejor. Para el ego sobretodo. Pero por suerte no pasará nunca. Sí. Me explico.
Es obvio porqué no pasará nunca. Si alguien está leyendo esto y se pregunta porqué no pasará nunca, por favor, pónganse en contacto con el Centro Sanitario más cercano; ahora sus problemas tienen tratamiento y si no; el Estado los mantiene.
Y para el resto que se haya fijado en la contradicción inherente de mi texto y se pregunten porqué digo por suerte o porqué deseo algo que me alegro de que en el fondo no vaya a pasar (Además de aquellas personas que no se preguntan nada de esto y sólo siguen leyendo porque nos conocen a Fellatrix y a mí y nos tienen cierto aprecio, aquellas a las que su religión les prohíbe empezar un texto y no acabarlo y, por supuesto, los habitantes de Raxacoricofallapatoria; sé que nos observáis.) les cuento que; me alegro de que no vaya a pasar por el número equivalente a los miembros de una manada de manatíes, que no respiran por mi culpa.

Yo me senté ante este mismo teclado o ante otro distinto, a veces ante un folio en blanco o un cuaderno y un bolígrafo, en contadas ocasiones ante una máquina de escribir, y los maté. Respiré hondo y escribí y escribí hasta desinflarles la vida.

A algunos los castigué incluso con la no existencia. Los deseché. No los incluí. Los utilicé para lo que me convino y después acabé con sus vidas ficticias.

Y nunca se quejaron.

Así que, supongo, que es mejor de esta forma.
Nadie me da las gracias, es verdad.
Pero tampoco nadie me acusa.
 

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